Bit 200: Larga vida al papel

Acababa de entrar cual pipiolo en la ETSIT de la Universidad Politécnica de Madrid en 1991 cuando Tim Berners-Lee había puesto en marcha la World Wide Web en el CERN de Ginebra (y yo sin saberlo). A partir de entonces, el crecimiento de Internet fue explosivo. En 1995 me uní, desde los laboratorios de la ETSIT, al reducido 2% de usuarios que utilizaban el navegador Lynx para conectarse a la WWW. Había rumores de un mítico Mosaic que tenía capacidad incluso para visualizar imágenes, pero aquel lujo no estaba todavía a disposición de los estudiantes de aquel laboratorio (el ancho de banda era escaso y caro por aquel entonces). A finales de 1995 conseguí el navegador Netscape y nunca más volví a usar el Lynx. Todo aquello me pareció fantástico, rápidamente comprendí el potencial del mundo de comunicación que se abría ante mí, tenía una magia que no poseían los libros en papel: hipertexto, búsquedas, universalidad, bidireccionalidad, rapidez, ubicuidad en el acceso… Sin duda una revolución para toda la humanidad a la altura como poco de la imprenta de Guttemberg.

Desde entonces tendemos a ver la información digitalizada como algo que estará siempre disponible, pues supuestamente no padece el desgaste del tiempo que sufren los soportes físicos. Sin embargo, el papel posee una virtud que la WWW ha demostrado no tener: la pervivencia en el tiempo (al menos a escala de una vida humana). De aquella Internet que conocí en 1995 hoy no queda nada, casi todos los servidores web han sido barridos y sustituidos por otros con diferentes contenidos. Miles de servidores web nacen y mueren todos los días en el mundo.

También tendemos a ver la información digital como muy barata, incluso al usuario final le puede parecer que Internet es un lugar gratuito. Sin embargo, existen costes ciertos tanto en la publicación y mantenimiento de los contenidos como en el acceso a ellos. Todos pagamos algo en ambos lados, directa o indirectamente. De hecho, el fin de un servicio web suele llegar cuando nadie está dispuesto a pagar nada ni por mantenerlo ni por acceder a él. Por el contrario, los libros de mi padre siguen en mi estantería porque poseerlos me sale gratis, él los compró hace muchos años y yo ahora puedo leerlos tantas veces como quiera sin que su mantenimiento me provoque costes.

Pero no es sólo una cuestión de dinero, también existe un problema de obsolescencia y renovación tecnológica. Un reportaje de la revista Wired en 2014 describía el trabajo de un grupo de hackers para descrifrar viejas unidades de cinta magnética usadas en las misiones lunares de la NASA: “Tuvieron que ser reconstruidas y, en algunos casos, totalmente rediseñadas usando manuales de instrucciones o consejos de personas que las habían usado”. Vinton Cerf, padre de Internet, ha advertido también del fenómeno: lo que puede ocurrir con el tiempo es que, aunque acumulemos enormes cantidades de contenido digital, luego no sepamos qué es, lo cual podría desembocar en una auténtica “Edad Oscura” o “Edad Media” Digital.

La revista Bit, medio de comunicación por antonomasia de los Ingenieros de Telecomunicación debe abrirse a los canales digitales para aprovechar su dinamismo. Pocas profesiones están en la vanguardia tecnológica como la nuestra y no tiene sentido aferrarse al pasado, no podemos conformarnos sólo con un medio en papel que se publica cada dos, tres o cuatro meses. Sin embargo, tampoco podemos perder nuestra esencia. Ambos mundos tienen sus ventajas y ambos hemos de combinar. El archivo digital que mantienen el COIT y la AEIT con todos los números de la revista Bit desde 1978 me parece un ejemplo de simbiosis digno de elogio y que debemos mantener a toda costa. Estos archivos on-line son algo así como pequeñas Bibliotecas de Alejandría digitales en beneficio de la humanidad en general y de nuestro colectivo en particular.

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Una Respuesta a Bit 200: Larga vida al papel

  1. Pedro A. dijo:

    Hablando del dilema libro en papel / ebook, uno de los principales obstáculos para el consumidor son los mecanismos de gestión de derechos (DRM). Yo compro libros en papel, y compro ebooks.
    Yo puedo prestar un libro en papel, puedo regalarlo, revenderlo y leerlo donde quiera.
    No puedo hacer eso con un ebook con DRM. No puedo revenderlo, ni prestarlo ni leerlo más que en uno o unos pocos dispositivos. En algunos casos no puedo ni siquiera descargar el archivo, sino que tengo que leerlo a través de la aplicación del vendedor — independientemente de que yo sepa cómo obtener el archivo.
    Los vendedores de contenidos han cambiado el concepto. No compras un libro. Compras el derecho a leer un libro en los términos en los que ellos te dicten.
    Por otro lado en según qué casos los precios de los ebooks no se corresponden con el descenso en costes de producción y de distribución que este soporte tiene frente a la producción en papel. Tengo frecuentemente la sensación de estar siendo timado, simple y llanamente.
    A nadie que se haya molestado en probar el formato digital de publicación puede escapársele la comodidad que supone el libro electrónico, junto con los avances en funcionalidad (diccionarios, notas, etc.). Sin embargo parece otro más de esos casos en los que la jaula se cierra.
    Lástima.

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